Fue tan solo un fogonazo espiritual, la sacudida interior en una tarde de agosto, la natural curiosidad de un adulto casi adolescente ante lo que considera inexplicable, yo, un joven que dirige sus pasos hacia un lugar indeterminado de las costas de una isla del caribe donde el presidente había llegado al poder once años antes de mi nacimiento. Y yo, al igual que decían todos públicamente, adoraba al presidente.Aquellos que se arrojaban al agua en aquella tarde adversa y vital de agosto, en balsas cosidas a mano o cámaras extraídas de los neumáticos de algún camión eran los otros, los traidores que odiaban al presidente y se entregaban a los brazos de las sirenas que cantaban desde el Norte. Eran los raros, simples figuras prescindibles incapaces de sumarse a la nueva era de la REVOLUCIÓN; así con mayúsculas. Eran algo menos que gusanos, escorias... O eso pensaba yo porque me habían hecho pensarlo... Hasta entonces.
Fue la epifanía de mi vida, al decir de Joyce, o mi propia anagnórisis, según Aristóteles. ¿Quién podía odiar a nuestro amado presidente, el único, omnisapiente, omnisciente e infalible cuyo deseo más imperioso era nuestro bien, que la verdad estaba en sus barbas, y que contrariarlo era odiar a la patria? ¿Por qué era tan difícil dejar de hablar de aquello que a él no le gustaba si él podía hablar, decidir y hasta pensar por nosotros? ¿Qué tan intenso podían llegar a ser esos cantos de sirena que hacían arriesgarse a seres humanos a una aventura de noventa millas sobre un mar tirano plagado de escualos hambrientos? La duda hizo mella, y la búsqueda de una respuesta abrió un mundo a otra verdad que hasta entonces estaba oculta.
“...intenté crear mi propio conato de independencia. El hambre de libertad me hizo buscarla en sitios improbables: el trozo de periódico con noticias triviales de otro país, una fotografía enviada desde el extranjero, aquel parque escondido entre el follaje de los árboles donde se practicaban mil y una prohibiciones, la dulce entrepierna de una mujer de procedencia imprecisa y lejana, la casi imperceptible sintonía de una emisora de radio extranjera o las peligrosas páginas de un libro. Ya leía, pero a partir de entonces el simple placer de la lectura dio paso a intentar alimentar aquella necesidad.”
"Fueron años de devorar libros, más que leer. Todo aquello que calmara mi opresión espiritual pasaba por mis manos sin que fuera consciente del cambio que se gestaba en mí. Autores malditos, otros no tanto, algunos prohibidos por la censura oficial y que llegaban del extranjero como las fotos de los familiares, o como el dinero de una remesa, escamoteados entre “lo demás”. Kavafis me agitaba, Pessoa exaltaba mi melancolía, Joyce incitaba a la rebeldía. La literatura al final fue, además de un bálsamo para el hambre, una fuente de insubordinación." (De la novela Hijo de Shiva. El último secreto de Hesse.)
Y me preguntas por qué escribo: LIBERTAD... Sólo eso, y nada más...
Madrid, 2007.



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