lunes, 16 de marzo de 2009

La cabra al monte

El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) ha ganado las elecciones de El Salvador. Es una buena noticia que antiguos terroristas comunistas (valga la redundancia) hayan abandonado las armas para presentarse a los comicios de forma democrática respetando las leyes y el valor de la sociedad civil. ¿Pero es beneficioso para el país centroamericano que haya ganado este partido?

Tengo un compañero de trabajo cuya esposa nicaragüense se quedó de una pieza cuando supo que Daniel Ortega –el mismo que había sumido al país en una guerra interminable por su obcecación, que había traído pobreza y miseria sin fin a su patria– ganaba el poder por vez primera de forma democrática en las quintas elecciones libres a las que se sometía el sandinismo.

Esto es la ruina de Nicaragua, dijo.Yo no fui tan agorero cuando supe de la vuelta de los supuestos discípulos de Sandino. Había vivido desde el monstruo (es decir, desde Cuba) los desmanes y la miseria del primer gobierno socialista de los sandinistas pero alabé la inmensa responsabilidad que demostraron entonces al someterse al escrutinio de unas elecciones libres cuando tenían todo el poder en sus manos. Creía con toda sinceridad que la historia había enseñado a sus líderes que las dictaduras no son el camino para ayudar a la gente. Ortega había vuelto y había ganado en 2006 con un discurso parecido al de Lula, en Brasil, o Bachelet, en Chile, en lo que se ha dado en llamar como la izquierda vegetariana, aquella que no confunde Estados Unidos con imperialismo ni oposición con enemigos.

El mensaje de guerra del sandinismo “Luchamos contra el yanqui, enemigo de la humanidad” fue sustituido por uno pletórico de paz y respeto al otro, cambió su canto de guerra por el Himno de la alegría, prometió respetar las libertades civiles y la propiedad privada y hacía constantes referencias a la Religión y a Dios para dar un mensaje de centrismo y atraerse la mayoría de la gente sencilla del pueblo.

Nunca escarmiento del todo con los políticos. Soy tan cándido que no fui capaz de comprender la naturaleza represiva y autoritaria de la izquierda carnívora a la pertenecen personajes como los Castro, Hugo Chávez o Evo Morales. Todos ellos han comprendido que la estrategia de llegar al poder como lo hizo Castro I en 1959 había quedado obsoleta y desacreditada. Había que encontrar formas nuevas para llegar a la silla para luego perpetuarse en ella. La democracia, como muchas cosas, no es infalible por sí sola, en especial en aquellos países donde la sociedad civil no tiene el poder ni la preparación suficiente para ejercer como contrapoder al Estado. La democracia necesita individuos libres que no se avengan al poder y que se movilicen por los mecanismos democráticos para enfrentarse a los que nos pueden coaccionar o someter.

Cuando escuché los nuevos cantos de sirena del sandinismo no hice el análisis elemental de las similitudes entre sus correligionarios de ideología. En los casos Morales y Chávez habían dirigido revueltas e intentos de golpes de estado contra gobiernos democráticos, gobiernos corruptos ante la propia apatía de la sociedad civil, pero democráticos al fin. Ambos habían perdido sus revueltas contra la democracia y se habían mimetizado con ella, se disfrazaron de valedores de la libertad, y llegaron al poder con un discurso de unidad, apelando al destierro de la corrupción de los políticos (negándose a sí mismos como tales), guisando un potingue donde cabían Dios, los derechos de los indígenas y un marxismo presentado bajo una pátina de socialismo democrático. Luego en el poder han hecho todo lo posible por legitimar sus gobiernos a golpe de desprestigiar a la oposición enfrentándola a la sociedad civil, reformando las constituciones para perpetuarse en el poder y eliminando los medios contrarios a fuerza de negarles las licencias para ejercer o cerrándolos sin más miramientos. Y a todo esto la gente mira pasar el tren pero sin hacer nada por detenerlo.

Daniel Ortega
, Chávez o Morales, no se han vuelto carnívoros; siempre lo han sido. Sólo se disfrazaron temporalmente de vegetarianos para, desde la silla del poder, practicar el canibalismo contra el mundo. Ahora Ortega ha vuelto a usar estrategias de su etapa revolucionaria en el poder, como gobernar a golpe de decretos, usurpando a la Asamblea Nacional y tomándose la Constitución por el pito del sereno. Lo peor, que las últimas elecciones municipales tienen la axiomática sospecha de fraude, reconocido incluso por analistas independientes internacionales. Nada nuevo que no hayan hecho ya sus aliados ideológicos.

Todavía parece increíble que haya quien intenta ver, en esta forma de gobernar de los izquierdistas caníbales de América, una alternativa política entre el capitalismo (denigrado por todos) y el comunismo (desacreditado por su propia entraña). Culpan de los desmanes de estos gobernantes al chivo expiatorio de siempre.

Lo triste de esta situación es que no parece que los ciudadanos latinoamericanos aprendan de su propia historia, que no alcancen a diferenciar el líder carismático del oportunista autoritario y que aplaudan este tipo de gobiernos que ayudan a la masificación de la miseria y al empobrecimiento general de su gente. Ahí está la aprobación de la asamblea venezolana de realizar un nuevo plebiscito sobre la reelección indefinida de Chávez que ha ganado finalmente, o también gente como Fujimori, al que todavía añoran algunos peruanos como si fuera un hijo de Dios luego de llevarles hambre y miseria, o un tipejo como Ollanta Humala, que si no lo impiden los peruanos en próximas elecciones, será el nuevo valedor de las teorías castrochavistas en el país andino.

Algo más o menos parecido puede pasar con El Salvador. Un nuevo puntal para este nuevo sistema socioeconómico que se ha impuesto en América por la fuerza de una mayoría que elige un gobierno para que los beneficie y oprima a los contrarios. Pobre de América, tan lejos de Dios y tan cerca del Castroindigenismo.

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