miércoles, 11 de marzo de 2009

La crisis, según tres generaciones de españoles

por Carlos Salas

Voy a comparar la vida de tres generacio­nes enfrentadas a sus crisis: la de nuestros padres, que abarca de la posguerra a la Transición. La mía, que es la que va de Fórmula V hasta la entrada de España en el Mercado Común, y la actual, que abarca desde entonces hasta internet.

La generación de la posguerra daba gra­cias por todo porque lo había perdido to­do. Tener un trabajo era una bendición, como lo era poder comer tres veces al día y vivir sin la cartilla de racionamiento. Era la generación de los sobres: un sobre para la letra del piso, otro para la cesta de la compra, para el cole­gio de los chicos... El coche lle­gó tan tarde que la gente se sacaba el carné a la edad en la que ahora pensamos en el plan de pensiones. El televisor había que pagarlo en cinco años o más. Los recién casados se iban de vacaciones a Madrid o Barcelona, y casi nadie conocía otro país que el suyo propio.

Era una generación que que­ría dejar algo a los hijos, pues cualquier día podría sobrevenir una catástrofe: el piso, las ac­ciones de Telefónica y el álbum de sellos. Para aquella genera­ción, la vida consistía en trabajar mucho, gastar lo justo, salir pronto de las deudas y ahorrar por si las moscas. Vivieron unos años tan duros, que ahora se les reconoce en la calle porque, cuando hay huelga de transpor­tistas, corren al mercado a por lentejas, latas de atún y leche porque “esto es como en la Guerra”.

Gracias a ellos, mi genera­ción conoció las mesas llenas de comida y la frase más común era: “Cómete todo por­que tú no sabes lo que es pasar hambre”. Nos jartaron de sopa cubierta, pescadillas, filetes de ternera, cocidos de todas las re­giones (madrileño, lebaniego, pote asturiano). Pero no tres, sino ¡cuatro veces al día! Porque a la hora de la merienda nos enchufaban bocadillos de sobrasada, de chorizo, de pan con leche condensada (había una versión a la que se le añadía Cola-Cao), y había gente que merendaba unos bocadi­llos como el antebrazo de un albañil.

Comer, comer, comer... Había que dejar el plato limpio y los pescados en las ras­pas, porque de lo contrario uno estaba insultando la memoria de la Guerra Civil, y se iba a la cama con tantos remordimien­tos que se imponía ya tres avemarías auto­máticos.

Mi generación conoció lo que es salir con la familia a los restaurantes los domin­gos después de misa, (“al nene, una torti­lla francesa o filete con patatas”). En vera­no, uno visitaba Benidorm y sentía como si hubiese estado en el extranjero.

Esa misma generación mía fue la que, mientras sufría la crisis económica en la Transición, se rebeló en las universidades, pegó carteles, gritó consignas, discutió con sus padres de política, atacó a Estados Uni­dos mientras compraba discos de Crosby, Stills, Nash & Young, pero, al final de esa larga jornada de lucha, siempre nos espe­raba una mesa llena de calamares, sobra­sada, filetes de lomo y Casera, como mues­tra la serie Cuéntame cómo pasó.

Nuestros padres, en su mayoría, no eran de una generación rebelde porque tener un piso donde caer muertos y un caldo calentito ya era una gran rebeldía contra el hambre de la posguerra. “¡Burgueses! ¡Reaccionarios! ¿Dónde están los idea­les?”, exclamábamos nosotros. “En la olla exprés, bonito, acompañados de esa mor­cilla que tanto te gusta”, decían ellos.

Como estos argumentos nos revolvían el estómago, al final huíamos de esa dictadu­ra gastronómica, viajábamos a otros paí­ses, trabajábamos de camareros en vera­no, ¡que sabrán nuestros viejos lo que es currar duro!, y nos curtíamos en la escuela de la guerra de la vida. Luego nos casába­mos y pasábamos la luna de miel en Portugal para traer la cubertería de plata ¿Beni­dorm? Puaj. Y a la hora de comprar un pi­so, bueno sí, una ayudita de los padres o los suegros, pero pequeña, ¿eh? “Y que conste don Manuel que se la voy a devol­ver con el sudor de mi frente”.

Ah, y nosotros sí educaríamos a nues­tros hijos con los valores de la libertad y el diálogo, nos confesarían todo y seríamos sus colegas, eso que nunca fueron nues­tros padres. Dictadores.
Si la generación de nuestros padres fue la de los sobres, la de ahora es la de las so­bras. Sobran platos de comida que se tiran al cubo de basura sin el remordimiento por el hambre de la posguerra. Sobran co­ches en las casas. Sobran salidas de copas, porque los fines de semana comienzan los jueves por la noche. Y sobra coca cola a la hora de comer.

Ya cuando eran críos, uno iba al restau­rante, y en lugar de tortilla francesa, los mocosos exclamaban: “A mí, una ración de pata negra. Y la carne, lomo alto argentino, por supuesto, al punto si puede ser”.

Lo del diálogo con los hijos salió torcido porque no les inte­resa hablar de política pero sí del Madrid o del Barça. No está mal. Menos peleas. Hay tanto diálogo que los chicos no se van de casa ni aunque pierdan el Madrid o el Barça 100 veces se­guidas.

Es una generación que se ca­sa y viaja a Bali o a Punta Cana. Cosa inexplicable, pues el piso en el que se meten cuesta, en proporción, más que el de sus padres. En los años 50 se tarda­ba en pagar los pisos entre 10 y 15 años. En los 80, entre 15 y 20 años. Y ahora, les hacen firmar una hipoteca de 35 a 50 años. Por eso, para compensar gas­tos, se van a Ikea y MediaMarkt, llenan la casa de trastos en un día y, en lugar de un niño, tienen dos periquitos.

Ahora, a esa generación tam­bién le ha llegado la crisis. A los de la pos­guerra, con sus pensiones y sus casas ya pagadas, esto les parece grave, pero no tan grave como las cartillas de racionamiento. Para mi generación, esto nos recuerda los años del paro y la crisis en la Transición, que parecían no tener fin.

Como es la primera vez que esto pilla a la generación del móvil e internet, se han quedado traspuestos. No hay empleo, no hay dinero, no hay futuro. Así de pronto. ¿Es el fin? No, porque dos generaciones ya la conocieron a su modo. Bienvenidos a la mesa. Os estábamos esperando para cenar.

Tomado de El Mundo, domingo 8 de marzo de 2009

1 comentario:

Anónimo dijo...

En México la crisis esta en un poder grandisimo, alrededor del mundo se vive una crisis que afecta todo y a todos.En nuestro país la entrada de gente de otros países también se vio apagada. México se esta recuperando ojala y pueda resolver este gran problema.

http://tbn2.google.com/images?q=tbn:TSJmNF3keE4PvM:http://3.bp.blogspot.com/_VnNGN7rfSvU/SZrskYOZEhI/AAAAAAAADI4/rZwNMg6_aLk/s400/crisis.jpg

Publicar un comentario