Nunca he ido al País Vasco. Lo que conozco de allí lo he leído, visto en las noticias o me lo han contado compañeros y colegas de profesión. Nunca olvidaré una frase que me comentó un vasco, compañero de trabajo, cuando le hablé algunas cosas que se vivían en Cuba; el miedo a decir públicamente lo que todo el mundo susurra en sus casas, la connivencia de la prensa con el régimen, la opresión a los que se atreven a disentir. “Estás describiendo el ambiente de mi tierra, sólo cambia el nombre de los opresores”, me dijo, y no le creí. Acababa de llegar a España y me atormentaba creer que habría en medio de una democracia una isla con la falta de libertades como la que él me describía en su tierra. Pero sí, era verdad, y todavía, siete años después, lo sigue siendo.Lo vivido tras el último asesinato del grupúsculo ETA, el agente de la policía nacional Eduardo Puelles, me alienta sobre el futuro de las libertades en el País Vasco. No sé si todos somos conscientes de ello. La pandilla de asesinos de ETA ha creado una red de seguidores por convicción y miedo que se está viendo quebrada cada día por las circunstancias.
Que el féretro del asesinado haya sido llevado por policías nacionales en medio de aplausos espontáneos de la gente, que haya voces que se atrevan a cuestionar la ilegítima legitimidad que se abrogan personajes como Alfonso Sastre, un dramaturgo que sigue con disciplina las líneas de la banda asesina; que la televisión vasca, siempre sumisa y al servicio de los abertzales seguidores de los asesinos, trasmitiera íntegramente la manifestación convocada por los seguidores de la libertad y los que condenan al grupúsculo asesino, además de colocar un lazo negro de luto en sus programaciones; que el hermano de Eduardo Puelles haya expresado para los medios y fuera reproducido luego sin cortes en la televisión vasca: "para nosotros mi hermano es un héroe y no una víctima, y como tal ha muerto; es un gudari nagusia”, gran soldado en lengua vasca, término que se han apropiado los etarras para autodenominarse luchadores por la patria y que ya era hora que alguien les arrebatara; que la bandera española haya ondeado orgullosa de sus hijos en las avenidas vascas, o que lo haya hecho a media asta en los organismos oficiales; pero mucho más importante es que haya salido el Lehendakari, la máxima autoridad del País Vasco, el Presidente, expresando por primera vez y sin ambigüedad, su rechazo a la banda de asesinos y su convicción de acabar con ella y su entorno opresivo. Claro que no es el mismo Lehendakari de los últimos 30 años, éste es socialista, y lleva apenas unos meses en el cargo. Ese es el socialismo que nos debe gustar a la mayoría, el que vertebra la realidad nacional española, que no tiene ambigüedades con los asesinos.
La pinza que han formado Partido Socialista y Partido Popular en el País Vasco para desalojar al Partido Nacionalista Vasco del poder de la lehendakaritza, está dejando sin espacios a los asesinos y sus seguidores, y sobre todo está dando alas a los oprimidos, a los que se han visto privados de libertad. En el País vasco, algo se está moviendo, algo está cambiando y yo, como muchos, me siento honrado de este socialismo que pacta con los amantes de la libertad para desterrar a los que la cercenan. Ese es el futuro que ya se ve en Euskadi y que me gustaría para Cuba, mi tierra: La libertad, por sobre todas las cosas, para mí y para los que defienden las ideas contrarias a las que profeso.



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