lunes, 20 de julio de 2009

Es la guerra. Ni más ni menos.

En Irak, en 2003, un soldado norteamericano que va en un tanque de guerra aprecia desde un edificio una figura que tiene un aparato sobre sus hombros, movió el arma del tanque hacia la figura y disparó. Después se supo que la figura no era un soldado de Sadam Husein con un lanzacohetes, sino un periodista con una cámara. Comenzaba lo que se ha dado en llamar el caso José Couso. La familia del cámara comienza un proceso para llevar a los culpables a juicio. Quieren justicia para la muerte innecesaria de su hijo.

En España, 2009, un joven es alcanzado por un toro en los encierros de Pamplona. Fue un mal movimiento, en una esquina mortal que impedía tomar decisiones de vida. La cornada le perfora el cuello, muere casi instantáneamente. España entera se conmociona con el nombre de Daniel Jimeno Romero. La familia llora la muerte del joven, pero consideran que sabía los peligros de correr los encierros. Piden a la Alcaldesa de Pamplona que defienda las fiestas aún con el dolor cortándoles el pecho.

Son dos casos diferentes, dos muertes innecesarias que se podían haber evitado. No empezar la guerra o el encierro, tomar medidas que permitieran no disparar hacia un edificio con periodistas o no corrieran aficionados delante de toros de 300 y algo de kilos. Se pueden buscar miles de pretextos, causas, momentos en que se pudo revertir la tragedia. Pero ambos casos sucedieron y nada remedia ya a la muerte.

Lo que me llama la atención es la reacción de los familiares. Unos resignados aceptan la tragedia que conllevaba la decisión de su hijo. Los otros no pueden asimilarlo. Con razón, o no.

Hace apenas unos días la audiencia nacional española ha expresado, por segunda vez, que el caso de Couso, no conlleva responsabilidad penal para los responsables, es decir, los soldados norteamericanos. Los padres no se resignan. Imagino a los familiares, intento comprender su dolor, pero sé que nunca lo lograré. Imagino la muerte de mi hermana o mi hermano, o mi padre, de forma brusca e inesperada y me desgarra el dolor por dentro. Pero sé que viven, sé que malviven en Cuba con sus problemas, pero viven. No imagino mi reacción ante un hecho parecido al de Couso. Por eso se debe entender el dolor de esa familia, respetar su derecho a la búsqueda de justicia para la muerte necia de su hijo, comprender sus pasos para que exista un culpable para aquello que resulta tan inexplicable.

Pero no tengo por dentro su dolor por más que lo imagino. Puedo permitirme un distanciamiento que ellos no pueden y comprender que no se puede hallar culpables donde no los hay. El cámara que trabajaba para la cadena Telecinco es víctima de un conflicto bélico. Se puede poner en duda la legitimidad del conflicto, se puede criticar que las causas para iniciarlas no eran legales y darle todo viso de ilegalidad que se pretenda. Pero es una guerra, y en una guerra existen armas, bombas, soldados, víctimas… Toda Guerra es un crimen, dijo un alto mando militar norteamericano en uno de los capítulos de El Ala Oeste de la Casa Blanca (The West Wing).

La decisión de asistir como reportero, cámara, testigo en definitiva de esa guerra es una decisión personal. No se puede obligar a nadie a ello. Si en medio del conflicto bélico un disparo nos alcanza está en la lógica estúpida de la guerra que alcanza por igual a culpables e inocentes. En el caso de Couso algunos ocultan malintencionadamente que había indicios de un francotirador en el edificio donde estaba la prensa; una grabación lo confirma. Eso no se puede ocultar en un sumario contra los responsables de su muerte. Se presentan indicios contra ellos, pero también indicios a su favor. Esa es la justicia que tenemos en el mundo libre, es la que se practica en España.

La audiencia ha decidido que su muerte es el resultado trágico de una guerra, no la maldad insidiosa de un ejército para masacrar periodistas y ocultar así las consecuencias de una guerra. Por desgracia no se puede inventar materia penal donde no la hay. La guerra es así.

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