miércoles, 8 de julio de 2009

Esperpentos americanos en el caso de Honduras

Un esperpento es, en el teatro de títeres, el que se mueve por varillas, ese que es dirigido desde atrás, entre las sombras, por palos manejados por uno o dos actores, y que tienen un color que se mimetiza con la escenografía para que pase oculto a los ojos del público.

La historia de América ha sido una continua lucha de poderes entre esperpentos. Entre Mexicas y Totonacas, monarquistas contra independentistas, Conservadores contra liberales, esa ha sido la tónica natural aderezada con golpes militares continuos y un quítate tú pa’ ponerme yo. No ha cambiado nada hasta 2009. Creíamos algunos ilusos que los golpes de estado, las asonadas militares, los intentos de violentar las normas democráticas, ya habían quedado en el baúl de los recuerdos cuando en 1989 cayó el muro que dividía Alemania en dos. Creíamos que la fuerza de poderes se equilibraría hacia un lado al quedarse el absolutismo comunista sin asideros. Pero no, surgió de la nada un personaje que dio un nuevo valor al comunismo, Hugo Chávez, que ha revolucionado las masas explotadas de América, siempre expoliadas por derechas e izquierdas durante los años de historia de América.

Este nuevo comunismo marxista, nacionalista, indigenista, místico, populista, antimperialista, castrista –seguro algo se me queda– ha copado gran parte de los países de América y no parece que haya llegado de forma temporal. La guerra de guerrillas del Che Guevara ha quedado superada por la modernidad y estas fuerzas populistas han utilizado la democracia para llegar al poder y luego perpetuarse.

Aquí está el principal problema de la situación hondureña. Un candidato presidencial gana legalmente las elecciones, toma medidas para ganarse parte de los más explotados del país y luego intenta cambiar la constitución para mantenerse indefinidamente en el poder. ¿Es legal? Sí. ¿Es ético? No. Pero si los otros poderes del Estado le dan el visto bueno para el cambio constitucional, poco se puede criticar más que la ineficacia de las fuerzas de la oposición que se dejan mangonear y arrebatar el poder por un líder con maligna destreza política.

En Honduras las fuerzas opositoras y los demás poderes del Estado no entraron en el juego antidemocrático propuesto por Manuel Zelaya, que siguió con su propósito sin la aprobación de aquellas.

Esto es lo que paraliza a la comunidad internacional, lo que deja sin asideros a quien defiende la democracia y las buenas formas constitucionales en cualquier país del mundo, gobierne la socialdemocracia o la democracia liberal. ¿Cómo arrojar del poder a quien sabemos totalitario, pero que ha llegado sentado sobre el cojín de las reglas democráticas para luego violentarlas? Si la mayoría de un pueblo permite esa disfunción democrática, ¿qué pueden hacer los que saben que el pueblo se equivoca? Ya se sabe lo que ha traído a la historia del mundo la aceptación sin cuestionamientos del criterio de la masa. Ahí están fascismo y comunismo para demostrarlo.

Lo que me duele más –a mí, un demócrata convencido que votaría lo mismo un partido liberal, socialista, demócrata cristiano o anarquista, siempre que respete la reglas de la democracia y me convenza con un argumentario pragmático) es que los pueblos se dejen engatusar por ideologías totalitarias disfrazadas, que encima piden respetar la democracia que ellos constriñen.

Oír a Hugo Chávez pedir la no intervención en los asuntos internos de un país, Raúl Castro que se respete la democracia o a José Miguel Insulsa, actual secretario general de la Organización de Estados Americanos, exigir 72 horas para el restablecimiento de la democracia en Honduras, roza ya el delirio del esperpento.

El caso del socialista chileno Insulza es llamativo pues apenas unos meses antes de su exigencia a Honduras dijo esto sobre Cuba:

Yo soy un gran convencido que el sistema cubano puede evolucionar en la medida en que respetemos lo que los cubanos quieran y, segundo, que no intentemos imponer soluciones, o crear una agitación o un proceso conflictivo dentro de Cuba. En suma, yo creo que nosotros podemos cooperar mucho en la transición en Cuba diciendo claramente que queremos una transición y que queremos que haya democracia, pero al mismo tiempo no pretendiendo imponerla desde fuera y dándole todo el tiempo que sea necesario.

Curioso, no entiendo cómo puede ser consecuente pidiendo respeto a un gobierno totalitario de la ideología que él profesa, pero exigir 72 horas a uno que no es totalitario y que ha surgido de forma más democrática que el cubano, pero que tiene una ideología contraria a la suya.

A esto nos enfrentamos todavía en América. Esperpentos de uno y otro lado que ocultan las varillas que ejecutan sus movimientos para evitar que el público lo note. Esperemos que la gente se dé cuenta pronto de la escenografía o tendremos todavía muchos de teatro de títeres en la política americana.

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