viernes, 11 de septiembre de 2009

Un gobierno de palabras

Por Carlos Alsina

Podría parecerlo, pero no es un cuento. Es la historia del señor y la señora Wilson. Fergus y Judith. Para algunos, un ejemplo de superación personal, iniciativa propia y confianza en sí mismos. Para otros, el paradigma de la especulación inmobiliaria desaforada. Todo depende de cómo se cuente la cosa, ¿no?

Cómo lo contaría alguien partidario de la pareja, veamos: “Érase una vez, allá por los noventa, un matrimonio compuesto por dos humildes maestros de Maidstone, en el Reino Unido, que se ganaba la vida dando clase de matemáticas invirtió sus ahorros en la compra de una segunda vivienda. No para ocuparla, sino para alquilarla y apuntalar sus ingresos familiares con una renta. No es que los Wilson tuvieran grandes conocimientos del mercado inmobiliario, tampoco que es que estuvieran asesorados por un gurú, digamos, de las finanzas. Simplemente se dejaron llevar por su intuición, arriesgaron y les salió bien la jugada. Se miraron entonces el uno al otro y dijeron: sigamos. Y fue así como, a base de repetir el mismo esquema (comprar para poner en alquiler) y empujados por el viento favorable del valor, siempre creciente, de las casas aquel humilde matrimonio de maestros de mates llegó a tener novecientas viviendas y una de las fortunas más saneadas del reino”.

Veamos cómo lo contaría un detractor de los Wilson y del enriquecimiento que no procede de lo que nuestro presidente llama las rentas del trabajo. “Un matrimonio de sacrificados maestros que se esforzaba por mejorar su país instruyendo a los infantes británicos traicionó un buen díá su recta vida deslumbrado por el dinero fácil y la codicia desatada. Cambiaron la educación por el ladrillo y, empujados por el malvado sistema financiero que les daba hipotecas a un interés casi regalado, amasaron una vergonzosa fortuna que sólo disfrutan ellos y por la que nunca han tenido que dar el callo. Los malditos especuladores se lo llevaron crudo y cuando el signo del mercado cambió, en lugar de comerse sus novecientas casas con patatas, las pusieron en venta para salvar lo que pudieran de su penosa fortuna”.

Malditos especuladores estos Wilson. De pobres a ricos en diez años. Ya es hora de que devuelvan al pueblo lo que han ganado. Hay formas y formas de contar una misma historia. Ésta de hoy, como ven, tiene nombre y apellidos. A Fergus y Judith se les puede amar u odiar, pero al menos sabemos quiénes son, dónde viven y qué es lo que han hecho. En España, sin embargo, cuando se habla de los especuladores del ladrillo, de los codiciosos, de los ricos, cuando el gobierno habla de estos seres perversos jamás les pone nombre. Son ectoplasmas, a los que alude sin aclarar nunca cómo se llaman. Estos codiciosos a los que el gobierno culpa de la crisis, ¿quiénes son? ¿Todos viven en el extranjero, no tenemos ninguno en España? Los especuladores del ladrillo que en estos últimos años se han forrado, ¿quiénes son, cómo se llaman? ¿Por qué el presidente nunca pone nombre a los etéreos destinatarios de sus lanzas? ¿Acaso porque algunos de ellos son los mismos a los que en otros tiempos ponía como ejemplo de la pujanza económica de España? Cuento, cuento, aquí lo que hay es mucho cuento, mucha literatura para tener entretenido ---o despistar--- al personal y poco género. “España a la deriva”, titulaba ayer el diario El País. En el discurso político todo es guarnición. Falta la carne. Se eligen palabras con carga emocional ---ricos contra pobres, trabajadores contra empresarios--- para ocultar el profundo desconcierto en el que el propio gobierno se haya. ¿Qué es un rico?, le han preguntado hoy a José Blanco. Y él ha dicho: “los que cobramos cincuenta mil euros, como yo, desde luego no lo somos”. Dónde está la frontera. Quién la marca. ¿Subirán los impuestos a las SICAV, las grandes fortunas?, le preguntó Isabel Gemio el sábado, aquí, al presidente del Rodiezmo, digo del gobierno. Y dijo Zapatero: “bueno, hay un debate sobre las SICAV, sí, bla bla, pero vamos, que no, que esos impuestos no se tocan”. Conclusión: que sólo meten mano a las rentas del capital que no sean lo bastante grandes como para que asuste que se puedan largar de España. Palabras, palabras. El presidente nos pedirá un esfuerzo “pequeñito”, con una subida de impuestos “limitada”. Defina “pequeñito”. Defina “limitada”. Toda subida de impuestos lo es, salvo que pretenda subirlos todos, ¿no? Ahora la frase de moda es “hay margen”. Cada vez que el gobierno planea algo, anticipa como si fuera un certificado de bondad, que “hay margen para hacerlo”. Hay margen para endeudarnos más porque estamos por debajo de la media europea. Hay margen paa subir los impuestos, ha dicho hoy Leire Pajín, porque la presión fiscal europea es más alta. Ay, la presión fiscal. La semana pasada explicamos qué significa la presión fiscal y cómo se mide. Les recuerdo la conclusión principal: la presión fiscal puede subir aunque no suban los impuestos y viceversa: que baje no significa que los impuestos se hayan bajado, sino que se ha recaudado menos por la caida de la actividad económica. Presión fiscal no significa lo que Leire Pajín ha dado a entender que significa. Ella lo sabe, o no, pero eso no es disculpa. La comparación con otros países es arbitraria, caprichosa. También estamos por debajo de la media en centrales nucleares, por ejemplo, y no se le ocurre al gobierno decir que “hay margen” para construir más. También estamos por debajo de la media europea en salarios y eso no significa que nos vayan a subir a todos el sueldo. Palabras, palabras, palabras. Nuestro endeudamiento es más bajo que el de otros. Sí. Pero nuestro déficit va camino de romper todos los pronósticos. Del paro, ni hablamos. El minsitro sin competencias, Celestino Corbacho, admitió esta mañana en Onda Cero que el año que viene la tasa puede alcanzar el 20 por 100. Menos mal que no ha añadido que “hay margen” para ello. Después de todo, hay países que aún lo tienen más alto. Por ejemplo... Bueno, en Europa...no. Pero si nos comparamos con Yemen, por ejemplo, salimos ganando.

Tomado de: Blog de Carlos Alsina

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