martes, 8 de diciembre de 2009
La paz hay que trabajársela
No sé qué pensará Barack Obama. A nueve días de que recoja en Oslo su controvertido Premio Nobel de la Paz, qué ilu. No sé qué pensará, pero hay un grupo de gente que está recogiendo firmas (adhesiones inquebrantables) para lograr que el Nobel de la Paz de 2010 se lo den a Fidel Castro. No es un chiste, oiga. Y, si lo fuera, no tendría ninguna gracia. Es una astranacada urdida por una ristra de ciudadanos argentinos que dicen representar a movimientos culturales y universitarios (pobre universidad y pobre cultura) y que sostiene que si hay alguien que merezca el galardón de los chicos buenos es el recalcitrante dinosaurio. Al que ellos, obviamente, no ven como el gran timonel pagado de sí mismo que tiene las cárceles llenas de presos políticos y que se cree con derecho a decidir él cuándo habrá democracia en Cuba (que si de él depende es evidente que no la habrá nunca). Para este club de fans de Fidel, este hombre es, atención, un profeta de los derechos humanos. Cágate lorito. Hombre, cabe pensar que, en caso de que esta incipiente (y marciana) operación cosmética destinada a convertir al tirano liberticida en el Martin Luther King cubano coseche, como mucho, la sonrisa displicente del comité del Premio Nobel, porque una cosa es premiar a alguien que a lo mejor no se merece todavía el premio (léase Obama) y otra dárselo a alguien que es la antítesis de lo que el Nobel se supone que premia.
Los fidelistas irredentos harían mejor servicio presentado al certamen de Mister Mundo a un sapo. De Obama es verdad que algunos críticos dijeron algo parecido cuando le dieron el Nobel de la Paz: que cómo va a ser Nobel de la Paz un señor que defiende que el mundo debe seguir en guerra. Cómo va a ser Nobel de la Paz alguien que dentro de seis horas va a anunciar el envío de otros treinta mil soldados norteamericanos a Afganistán. Pero ahí no hay contradicción, aunque algunos, como Llamazares, la vean. La paz no es algo que se consiga predicándola a distancia, lejos de los conflictos y dejando que sean otros los que la hagan. La paz hay que trabajársela. Y en ocasiones se trabaja la paz haciéndole la guerra a quienes no la desean. El presidente de los Estados Unidos asumió el compromiso, con su país, de que la guerra de Afganistán no sería otro Vietnam. Que no se eternizaría la presencia, y la muerte, de jóvenes norteamericanos en las montañas afganas. Y ese compromiso se puede cumplir de dos maneras: o dando por perdida la guerra con los talibán y saliendo ya, o intentando hacer en Afganistán lo que se ha hecho en Iraq: pactar con el gobierno del país un proceso de traspaso de responsabilidades, es decir, nosotros estamos aquí el tiempo necesario para que sean ustedes, el Ejercito y la policía afgana, el Estado afgano, el que se ocupe de combatir a los talibán y proteger a su población. Ahora ya es cosa suya y se trata de que sean ustedes los que vayan asumiendo ese trabajo para que nosotros podamos irnos.
El papel lo aguanta todo, y hoy por hoy esta segunda opción (que es la que ha acabado eligiendo Obama) tiene más de bonito cuento para niños que de escenario inmediato. Si hoy salieran de Afganistán las tropas de los Estados Unidos y las tropas de la OTAN, lo más probable es que Hamid Karzai sucumbiera ante el avance talibán que reconquistaría Kabul y pondría de nuevo en pie el régimen islamista con el que sueña Osama Bin Laden. La idea fuerza del discurso televisado que ofrecerá Obama esta madrugada es ésta: más tropas ahora para poder salir de allí antes y sin la cola entre las piernas. Si acierta o no, sólo podremos saberlo con el tiempo. Son ocho años ya de guerra, ocho años después del 11 de septiembre y con voces crecientes que sostienen que una guerra como ésta (contra un enemigo que no es otra Nación, sino una parte de esa Nación, vinculada con un organización terrorista internacional y enfrentada al gobierno pro occidental afgano), una guerra como ésta nunca se podrá ganar.
En Europa fueron varios los gobiernos que urgieron, a comienzos del otoño, a ponerle fecha a la salida de las tropas. Ahora esas voces han callado. No porque hayan cambiado de criterio, sino porque una vez que Obama se decantó por ampliar el número de soldados, reclamar la retirada podría entenderse como una deslealtad al aliado americano. Y no está por la labor ni siquiera España. A cuyo gobierno, por cierto, el señor Obama no ha llamado para informarle de lo que esta noche va a contar. Ha llamado al presidente ruso, al primer ministro británico y al presidente de la República francesa. No ha llamado a la Moncloa, seguramente porque en Washington no se ve de la misma forma que en Ferraz lo del acontecimiento planetario.
Prevalece, por tanto y de momento, el discurso oficial que dice que en Afganistán tenemos que estar porque le estamos haciendo la guerra al terrorismo islamista, es decir, a Al Qaeda. Es decir, al mismo grupo cuya sucursal en el norte de África tiene, desde ayer, secuestrados a tres de nuestros ciudadanos. Aun no se conoce qué exigen a cambio de su liberación. Ni siquiera existe constancia de que, a esta hora sigan en Mauritania, porque podrían haber pasado ya a Mali, país en el que Al Qaeda del Magreb Islámico se mueve con mayor libertad aún que en territorio mauritano. Información, por tanto, hay poca.
Pero alguna razón debe de tener el gobierno para haber deslizado ya su impresión, o su temor, de que la exigencia que van a plantear los secuestradores no va a ser exclusivamente económica. Que no va de dinero este secuestro, sino de dinero y de otras cosas. Circunstancia que llama aun más la atención a la luz de lo que hoy ha dicho el presidente del gobierno: que hay que tener mucho cuidado con lo que se dice porque “los secuestradores también escuchan”. Si en efecto escuchan ya sabrán que el gobierno es consciente de que este tipo de secuestros duran entre cuatro meses y medio año. Sabrán que es consciente también de lo que pueden llegar a exigir los secuestradores. Pero sabrán también que, en este asunto, todos los partidos políticos están al lado del gobierno, empezando por el Partido Popular, que hoy tuvo la cintura suficiente para retirar de la sesión de control de mañana las preguntas que tenían que ver con la labor del CNI, y la actuación del gobierno, en el secuestro del Alakrana.
Tomado de: El blog de Carlos Alsina (www.ondacero.es). 1 de diciembre de 2009




No hay comentarios:
Publicar un comentario