Hace unas semanas en este mismo sitio hablamos de lo desequilibrado de una sentencia dictada por un tribunal iraní que aceptaba el ojo por ojo como parte de la justicia ordinaria. No caímos en la necedad de considerarnos superiores por ser occidentales pero sí dimos por lógico que intentáramos ayudar, en los límites del medio en que viven, a que estos países tuvieran una ley más humana.
Pues bien, ahora tenemos que darnos un cachete y bajar la cabeza cuando nos enteramos que un ciudadano italiano llamado Denis Occhi, ha quedado libre de un asesinato, incluso después de haberlo confesado, y ha quedado libre por un tecnicismo absurdo aunque necesario.
La historia ocurre en Ferrara en 2004 cuando este albañil se introdujo en la habitación de su mujer con la que ya no vivía y la golpeó en la cabeza con un objeto contundente. La mujer estuvo varios días en coma hasta su muerte en el hospital. Tras el juicio y la apelación posterior fue encontrado inocente y puesto en libertad. En 2008 la conciencia no lo dejaba vivir, según sus propias palabras, y fue hasta una comisaría para confesar su crimen, pero ha salido como entró, por sus propios pies y sin peso de conciencia.
Aunque la historia es completamente real no deja de parecer el tema de una película americana de tarde de domingo. La cuestión es que la justicia occidental tiene una base bastante sólida que expresa que es preferible que haya mil culpables en la calle que un solo inocente en prisión. Bueno, dicho así parece estar a favor de los asesinos pero es más complejo. En un proceso judicial se debe demostrar, más allá de toda duda razonable, que una persona es culpable. Si existe una mínima sospecha razonada de que alguien pudo no haber cometido el delito que se le acusa, debe salir libre. Nos guste o no nos guste, es ahora mismo la realidad de la justicia en los países democráticos.
De la misma manera se busca que si alguien es acusado y sale absuelto de todos los cargos luego de todas las apelaciones posibles a los diferentes estamentos legales, no pueda volver a ser acusado por el mismo delito de manera que no se convierta en una vuelta infinita al mismo delito por parte de las acusaciones. Es decir la justicia dicta sentencia una vez como forma de intentar hacer lo que su nombre indica: “Justicia”; no puedo, sin embargo, como acusación, convertir la justicia en móvil de mi venganza acusando una y otra vez del mismo delito a quien considero culpable. Puedo, eso sí, acusarlo por consecuencias derivadas del delito del que ha sido absuelto: ocultamiento de un arma asesina, de un cadáver, afectación a terceros, etc…, pero nunca del mismo delito.
Bien, pues hemos descubierto que este sistema que permite la libertad y tranquilidad de muchos inocentes es también imperfecto porque deja en la calle a culpables que luego no pueden ser acusados ni condenados no digo ya nuevamente sino que no pueden ser acusados tampoco del delito que sí cometieron aunque lo confiesen. Es triste, es un fallo monumental, pero es un riesgo necesario que permite la supervivencia del sistema completo.
Aquí el desequilibrio de la justicia a la que nos referimos no es por exceso como en el caso del tribunal iraní del ojo por ojo, sino por defecto ya que deja sin castigo un crimen que ni Dostoievski hubiera permitido en sus novelas.
Nada es infalible. La justicia menos que muchas cosas. En España se han producido recientemente varias polémicas porque se sabe de condenados que han estado hasta veinte años en prisión por un crimen que no cometieron y del que han salido absueltos por nuevas técnicas de investigación criminal. Es aún peor este supuesto: haber estado media vida tras las rejas por un crimen no cometido. Súmese a ello la repulsa social, el juicio paralelo de los medios de comunicación, la reprobación de la opinión pública general. ¿Qué preferimos, un posible inocente en prisión por pruebas mal razonadas o indicios que no tienen el peso de pruebas, o un seguro culpable en la calle por falta de pruebas o por un tecnicismo?
Es una disyuntiva en la que todos deberíamos reflexionar porque el dicho de ver las barbas de tu vecino aquí se aplica con total seguridad. En un programa de la televisión norteamericana titulado Forensic Files un inocente que estuvo en prisión varios años por un crimen del que se había declarado culpable por presión de los cuerpos policiales expresaba su pesar porque siempre le habían dicho desde niño que la policía estaba para proteger a los ciudadanos y que en prisión sólo había culpables, pero que su experiencia le había cambiado la perspectiva sobre el tema. Es bastante lógico. Cualquiera es un culpable potencial, cualquiera puede ser acusado de un crimen no cometido y además cumplir condena por él. El Estado no es la madre Teresa de Calcuta sino un organismo represor, con mucho dinero nuestro y mecanismos para ejercer su coerción. Ante él debemos tener la seguridad de unos mecanismos civiles independientes y seguros, una justicia que permita la máxima seguridad posible de que los inocentes estaremos en la calle. Si para ello debemos aceptar que haya culpables a nuestro lado en el metro pues estoy dispuesto a correr el riesgo. Lo que sí no quisiera, NUNCA, es dormir a la sombra con el peso de la conciencia de no haber hecho nada para merecerlo.
Pues bien, ahora tenemos que darnos un cachete y bajar la cabeza cuando nos enteramos que un ciudadano italiano llamado Denis Occhi, ha quedado libre de un asesinato, incluso después de haberlo confesado, y ha quedado libre por un tecnicismo absurdo aunque necesario.
La historia ocurre en Ferrara en 2004 cuando este albañil se introdujo en la habitación de su mujer con la que ya no vivía y la golpeó en la cabeza con un objeto contundente. La mujer estuvo varios días en coma hasta su muerte en el hospital. Tras el juicio y la apelación posterior fue encontrado inocente y puesto en libertad. En 2008 la conciencia no lo dejaba vivir, según sus propias palabras, y fue hasta una comisaría para confesar su crimen, pero ha salido como entró, por sus propios pies y sin peso de conciencia.
Aunque la historia es completamente real no deja de parecer el tema de una película americana de tarde de domingo. La cuestión es que la justicia occidental tiene una base bastante sólida que expresa que es preferible que haya mil culpables en la calle que un solo inocente en prisión. Bueno, dicho así parece estar a favor de los asesinos pero es más complejo. En un proceso judicial se debe demostrar, más allá de toda duda razonable, que una persona es culpable. Si existe una mínima sospecha razonada de que alguien pudo no haber cometido el delito que se le acusa, debe salir libre. Nos guste o no nos guste, es ahora mismo la realidad de la justicia en los países democráticos.
De la misma manera se busca que si alguien es acusado y sale absuelto de todos los cargos luego de todas las apelaciones posibles a los diferentes estamentos legales, no pueda volver a ser acusado por el mismo delito de manera que no se convierta en una vuelta infinita al mismo delito por parte de las acusaciones. Es decir la justicia dicta sentencia una vez como forma de intentar hacer lo que su nombre indica: “Justicia”; no puedo, sin embargo, como acusación, convertir la justicia en móvil de mi venganza acusando una y otra vez del mismo delito a quien considero culpable. Puedo, eso sí, acusarlo por consecuencias derivadas del delito del que ha sido absuelto: ocultamiento de un arma asesina, de un cadáver, afectación a terceros, etc…, pero nunca del mismo delito.
Bien, pues hemos descubierto que este sistema que permite la libertad y tranquilidad de muchos inocentes es también imperfecto porque deja en la calle a culpables que luego no pueden ser acusados ni condenados no digo ya nuevamente sino que no pueden ser acusados tampoco del delito que sí cometieron aunque lo confiesen. Es triste, es un fallo monumental, pero es un riesgo necesario que permite la supervivencia del sistema completo.
Aquí el desequilibrio de la justicia a la que nos referimos no es por exceso como en el caso del tribunal iraní del ojo por ojo, sino por defecto ya que deja sin castigo un crimen que ni Dostoievski hubiera permitido en sus novelas.
Nada es infalible. La justicia menos que muchas cosas. En España se han producido recientemente varias polémicas porque se sabe de condenados que han estado hasta veinte años en prisión por un crimen que no cometieron y del que han salido absueltos por nuevas técnicas de investigación criminal. Es aún peor este supuesto: haber estado media vida tras las rejas por un crimen no cometido. Súmese a ello la repulsa social, el juicio paralelo de los medios de comunicación, la reprobación de la opinión pública general. ¿Qué preferimos, un posible inocente en prisión por pruebas mal razonadas o indicios que no tienen el peso de pruebas, o un seguro culpable en la calle por falta de pruebas o por un tecnicismo?
Es una disyuntiva en la que todos deberíamos reflexionar porque el dicho de ver las barbas de tu vecino aquí se aplica con total seguridad. En un programa de la televisión norteamericana titulado Forensic Files un inocente que estuvo en prisión varios años por un crimen del que se había declarado culpable por presión de los cuerpos policiales expresaba su pesar porque siempre le habían dicho desde niño que la policía estaba para proteger a los ciudadanos y que en prisión sólo había culpables, pero que su experiencia le había cambiado la perspectiva sobre el tema. Es bastante lógico. Cualquiera es un culpable potencial, cualquiera puede ser acusado de un crimen no cometido y además cumplir condena por él. El Estado no es la madre Teresa de Calcuta sino un organismo represor, con mucho dinero nuestro y mecanismos para ejercer su coerción. Ante él debemos tener la seguridad de unos mecanismos civiles independientes y seguros, una justicia que permita la máxima seguridad posible de que los inocentes estaremos en la calle. Si para ello debemos aceptar que haya culpables a nuestro lado en el metro pues estoy dispuesto a correr el riesgo. Lo que sí no quisiera, NUNCA, es dormir a la sombra con el peso de la conciencia de no haber hecho nada para merecerlo.



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