Que nadie se asuste o tire campanas al vuelo cuando lea este titular: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida”. Los autobuses públicos de Madrid y Barcelona, como ya los de Londres lo han hecho durante varios días, exhiben el mencionado durante una campaña de varias semanas. La campaña patrocinada por diferentes asociaciones de ateos y librepensadores ya tiene su respuesta de asociaciones de religiosos que han patrocinado otro que recoge: “Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo”. Y en Londres directamente citaron la Biblia, “Jesús dijo: Soy la resurrección, y la vida, aquel que crea en mí vivirá”.
Obviemos primero el mal uso del subjuntivo al sustituir existe por exista, aunque no deja de ser importante. Si pretenden, como dicen los ateos, no negar sino hacer dudar, el subconsciente, al decir de Freud, los ha traicionado con un acto fallido. El español acepta la frase: Probablemente Dios no exista... pero no lo que ha llegado a los autobuses.
Los dardos dialécticos, aunque envenenados, tienen varios aspectos interesantes de reflexión. Llama la atención que Ariane Sherine, la escritora humorística que inició la campaña en Londres, se haya sentido ofendida porque una web religiosa amenazara a los no creyentes con el “fuego eterno del infierno”. Pues lo siento Ariane, ¿y qué esperabas? Si no crees en Dios es bastante lógico que quien sí cree te condene al sufrimiento perenne de su condenación. Y otra cosa Ariane, espero que como atea no te preocupe el infierno, ¿o sí?
Los objetivos que se proponen los ateos, según sus propias palabras, es “salir del armario”, hacerse notar como segunda opción de creencia luego del cristianismo y hacer que la gente debata sobre el tema, y aseguran que su campaña no va contra nadie, lo que es bastante curioso. La forma en que viven su enfrentamiento a Dios es una especie de obsesión para que los que creen lo dejen de hacer o, cuando menos, se cuestionen su creencia. No sé, pero que alguien me desmienta si no se parece bastante a una religión.
Creer en Dios es una opción que yo no me planteo en mis reflexiones, y no pretendo que por ello se hundan los que sí lo hacen o los que no lo hacen. Si yo decido leer clásicos antes que best sellers es una opción personal pero no obligo a nadie a que lea la pesadez del Ulises de Joyce ni me importa si prefiere a El código da Vinci a Crimen y Castigo. Simplemente disfruto de los retruécanos estilísticos del libro del irlandés y paso de molestarme porque los demás lo crean un tostón. Pero no por ello haré campaña para que los que disfrutan del apócrifo del norteamericano se pasen de bando. Si lo hacen mejor para ellos, y si no, que sigan con su vida literaria, y todos tan felices.
Quizás, y en esto quisiera darles la razón a los ateos y librepensadores, el peso de las creencias religiosas, que viene desde tiempos inmemoriales, es aplastante en el seno de las sociedades modernas. Incluso aquellas que se suponen a sí mismas laicas tienen rémoras de todo tipo como que el presidente del gobierno jure ante una cruz latina y la biblia, o que los soldados muertos en combate reciban por narices una extremaunción cristiana. La iglesia, y las diferentes religiones, se han convertido en un contrapoder con excesivo peso en la sociedad.
Sin embargo convendría detenerse a pensar si esta tradición merece ser combatida con tanta vehemencia por quien no cree en ella y no se ve afectado directamente con ella. Siempre se puede rehusar la extremaunción o vivir al margen del poder que pueda detentar el ejecutivo. No parece que invitar a la gente a “disfrutar la vida” al margen de Dios sea una forma de no ofender a otros que sí creen que negar sus creencias es ofenderlos. No tengo ni una duda, cada quien que crea en lo que quiera, pero que no nieguen la existencia de las mías, como mucho que las debatan si creen que tienen razón.
Pero ya se sabe que una polémica en la opinión pública o en la prensa es la mejor de las publicidades. Si yo pongo en duda públicamente las ideas de un grupo numeroso de personas con un mensaje de contradice sus creencias estoy causando polémica. Quizá es verdad que no pretendo ofender, pero sí estoy tocándoles las narices (acéptenme el eufemismo). Luego no puede extrañarme que ellos me respondan de forma vehemente contradiciendo mis creencias porque esa es la esencia de la existencia humana: creer libremente en lo que me nace de las pelotas (acéptenme el vulgarismo) y actuar en consecuencia respetando y permitiendo las creencias y la libertad del otro.
Esto es lo que más me apetece de esta campaña. La posibilidad de los ciudadanos de expresar lo que les venga en gana en la libertad que permita la ley y el respeto al otro.
Una polémica igual sería imposible, por ejemplo, en Cuba, donde la religión comunista oficial aplasta las opiniones contrarias con ostracismo, agresión pública o cárcel. En la democracia los que apreciamos sus valores y amamos la libertad no podemos menos que regocijarnos con que haya un debate de tendencia filosófica y teológica pública, aunque sea pequeño, porque sabemos que el debate razonado siempre nos enriquece a todos. Yo, por mi parte parafraseo a Buñuel: “Gracias a Dios soy agnóstico”.



1 comentario:
¿Y de qué se preocupa Ariane Sherine si para ella Dios no existe? Quiero decir que esta frase tiene su miga; tanta, que yo simplemente dejaría circular ese transporte público hasta que la frase hastíe. Si Dios existe, parece decir esta atea, impone cierta responsabilidad moral que nos impide disfrutar plenamente de la vida, disfrutar el carnaval hasta la inconsciencia, y nos obliga a preocuparnos de disímiles cosas sin rédito (los pobres, los presos, los problemas del vecino, la fidelidad, la libertad, etc.).
Es una frase hecha a la medida del aburrimiento moderno.
Se hace, además, desde la ignorancia de lo que es un cristianismo bien entendido (que abunda mucho también entre cristianos, dicho sea de paso), que no encuentra inconexas la "buena nueva", la alegría del pan y el vino renovados, y la responsabilidad (difícil de practicar) de amar al prójimo como a ti mismo. Ella se refiere, obviamente, al Dios de los cristianos; porque está de moda este tipo de actitudes, y porque el "otro Dios" que está de moda, el de los musulmanes, no se anda con miramientos ante tanto desprecio.
Otro asunto que me llama la atención es el de contraponer "cristiano" y "librepensador". Claro que el tema requiere dedicación: ahora sólo hago notar que mi libertad de pensamiento, como católico, no está menos atada que la de los presuntos "librepensadores" o ateos, y que, muy al contrario, se refuerza enormemente con la fe que intento practicar (a la que me afilio).
Por último, si algo tienen de aplastantes las inmemoriales ideas de lo religioso es eso precisamente: que parece un tema recurrente y acaso necesario a nuestra naturaleza, por así decir. En lo que respecta al poder de las instituciones religiosas, es un tema complejo, muy unido al poder de otras instituciones y organizaciones, religiosas o no, en el transcurso de la historia. Muy especialmente en nuestros días, cuando puede facilmente observarse que algunos poderes políticos estimulan y apoyan campañas de este tipo, que tienen una carga ofensiva y van en detrimento y a veces en abierta discriminación de las creencias de muchos ciudadanos.
No le quito el derecho a cualquiera a montar la campaña que quiera para expresar sus ideas o su sentir, aunque no coincidan con las mías. Mejor si no coinciden. Lo que me disgusta es que las trivialidades pretendan alcanzar magnitudes que no les corresponde, y donde no queda utilidad alguna a la inteligencia o la belleza o a la pasión. Me disgusta más la nulidad elevada a cualquier exponente.
El tema de la existencia o no de Dios es apasionante, un reto para el pensamiento, una clave para nuestra existencia. Minimizarlo es ya entrar en el ridículo, además de ofender la inteligencia y la vidade muchos ateos y religiosos, que nos honran como seres humanos. La mejor polémica sobre este asunto se daría desde la teología o incluso desde la filosofía; está cada vez más claro, luego de los importantes descubrimientos científicos del pasado siglo, que no desde la ciencia física; y mucho menos desde la propaganda o la política, que al final distorsionan el problema, simplifican las ideas y dan una falsa seguridad de saberlo todo sobre lo que algunos llaman Dios y otros La Nada.
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